

Ayer por la mañana tu madre te llevó a un mediquillo para que te hicieran la revisión y te volvieran a pesar para el control de peso que la médico de Pamplona había aconsejado hacerte cada 15 días.
Según me contó tu madre por teléfono, el tal mediquillo usó un procedimiento un tanto extraño para examinarte: no te midió, te pesó con el pañal puesto (4'800 kg), no te miró los oidos y el palito con el que te miró la garganta, se lo metió en un bolsillo de la bata en el que tenía otro objeto (no me contó de dónde lo sacó previamente). Su conclusión fue que estabas fuerte y muy sano. Hasta aquí todo parecía, cuando menos, un tanto extraño; pero lo que verdaderamente le llamó la atención a tu madre de este personaje fue su aliento, porque olía mucho a vino.
Por eso, cuando salió de la consulta sin decir nada (cosa extraña en ella), volvió a llamar para pedir cita con otro (ahora sí) médico y aunque las conclusiones de éste fueron parecidas al primero (tu peso era de 4'600 kg), la verdad es que a tu madre le infundió más confianza porque el método que empleó para su diagnóstico fué bastante parecido al de tu pediatra habitual de Pamplona y sobre todo, sobre todo, muy importante este pequeño detalle: ¡no le olía el aliento a vino!

